Por Jonathan Edwards

Traducción por Marcelo Contreras

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Digan a los justos que les irá bien, Porque el fruto de sus obras comerán.  Isaías 3:10

Seres racionales, mientras actúan como tales, naturalmente escogen las cosas que ellos están convencidos serán las mejores para ellos, y ciertamente harán aquellas cosas que ellos saben será mejor hacerlas que dejarlas inconclusas. (Y, ciertamente, ¿quién podría imaginar que existan criaturas tan irracionales en el mundo que al mismo tiempo sepan que una cosa es la más ventajosa para ellos y aun así escojan no hacerla?) Dios siempre trata con las personas como criaturas racionales, y cada palabra de la Escritura nos habla como tales. Ya sea que nos esté enseñando o instruyendo, Él no nos pide creer y obedecer mandamientos que sean directamente contrarios a la razón, y al darnos mandamientos Él desea que hagamos nada más que lo que es más ventajoso para nosotros, para nuestro beneficio, y frecuentemente usa este argumento para persuadirnos a obedecer Sus Mandamientos. Porque, “¿Traerá el hombre provecho a Dios? Al contrario, para sí mismo es provechoso el hombre sabio. ¿Tiene contentamiento el Omnipotente en que tú seas justificado, O provecho de que tú hagas perfectos tus caminos?” (Job 22:2-3). Dios nos ha dicho que, si somos sabios, lo seamos para nosotros mismos, y para Dios, en nuestro texto, hace un pedido especial para asegurar al piadoso que su piedad será muy ventajosa para él. (Y será mejor que nosotros entendamos esto y veamos cómo ocurre. Veamos las palabras previas.) Dios, en el comienzo de este capítulo pronunció juicios grandes y terribles para los hijos de Judá, como en los siguientes versículos:

Porque he aquí que el Señor Jehová de los ejércitos quita de Jerusalén y de Judá al sustentador y al fuerte, todo sustento de pan y todo socorro de agua… Y les pondré jóvenes por príncipes, y muchachos serán sus señores. Y el pueblo se hará violencia unos a otros, cada cual contra su vecino; el joven se levantará contra el anciano, y el villano contra el noble… Pues arruinada está Jerusalén, y Judá ha caído; porque la lengua de ellos y sus obras han sido contra Jehová para irritar los ojos de su majestad. La apariencia de sus rostros testifica contra ellos; porque como Sodoma publican su pecado, no lo disimulan. ¡Ay del alma de ellos! porque amontonaron mal para sí. (Isaías 3:1, Isaías 3:4–5, Isaías 3:8–9).

Sin embargo, en medio de todo esto, a pesar de que juicios espantosos caigan sobre la mayoría de las personas, a pesar de cuán lamentable sea el estado del resto de ellos, Dios dice a los justos, asegurándoles y dándoles a conocer, “que les irá bien.” Y aquí podemos observar qué cuidado y afecto tan peculiar parece tener el Todopoderoso para con los justos; el texto se detiene y abruptamente se desprende del hilo de la profecía previa, y hace un pedido estricto: vayan y digan a los justos que, aunque el pueblo sea oprimido, aunque Jerusalén esté en ruinas y Judá haya caído; que no teman, porque a ellos les irá bien. Por lo tanto, insistiremos en lo siguiente:

Doctrina. Una persona piadosa es una persona feliz, cualesquiera que sean sus circunstancias externas.

“Feliz”, en la Doctrina, no significa lo que se entiende por éste término en su sentido más estricto, el disfrute del placer y perfección más altos sin la más mínima mezcla de lo contrario, porque esto está reservado para ser disfrutado por toda persona piadosa tan sólo después de esta vida; sino, es suficiente para nuestros propósitos, considerar feliz a una persona cuya condición sea muy excelente, deseable y gozosa; y vamos a mostrar que el estado de una persona piadosa es tal, cualesquiera que sean sus circunstancias externas. Vamos así a observar cuál es nuestra primera proposición:

Proposición I. Las circunstancias externas de una persona piadosa están a veces llenas de mucha aflicción.

Dios a veces aflige a Sus hijos para su bien, y ocurre de la misma manera en este mundo, en la administración de las cosas buenas de este mundo, entre los buenos y los malos; Dios hace salir y brillar al sol, y hace caer la lluvia de la misma manera sobre justos e injustos. Ciertamente, en algunos aspectos, las personas piadosas están más expuestas a los males de este mundo; hay muchas personas piadosas que entran al cielo a través de mucha tribulación, y Cristo les dice a todos aquellos que son Sus discípulos que aquí no deben esperar otra cosa sino tribulación, y les da la razón de esto en Juan 15:18-19, porque no son de este mundo. Si fueran de este mundo el mundo los amaría, pero porque no son de este mundo, son claramente más elevados que este mundo, y este mundo malicioso e ingrato siempre odia y envidia a los que están por encima de él. Entonces, como se dan las cosas, las personas piadosas podrían decir que, si no hay resurrección, ellos son los más miserables de la humanidad. Pero:

Proposición II. La persona piadosa es feliz en cualquier condición que se encuentre

En primer lugar, porque ningún mal del mundo puede hacerle un daño real, en segundo lugar, por las ventajas, deleites, y satisfacciones espirituales que experimente en esta vida; y, en tercer lugar, y más especialmente, por la innegable expectación del disfrute de la felicidad perfecta y eterna que vendrá más adelante.

  • En primer lugar, porque ningún mal del mundo puede hacerle un daño real. La persona piadosa está por encima de todos los males de este mundo; estos males no pueden enviar dañinas influencias tan alto como para tocarla, y todo el daño que puedan hacerle no es más que una fuerte medicina. Que a pesar de que es amarga, se lleva aquellas dolencias que, si se las dejará, al final serían mil veces más dolorosas y problemáticas. Una persona piadosa puede ver ante sus pies a todo el ejército de las aflicciones de este mundo con cierta indiferencia (es decir, viéndolas como males, porque debe considerarlas grandemente como cosas que son para su bien), y considerarse a sí mismo y al gozo en medio de ellas, ya que sin importar cuán grandes, o cuántas sean las aflicciones, que éstas reúnan todas sus fuerzas en contra de la persona piadosa, y que se manifiesten en sus más tristes y terribles formas y apariencias, y que usen toda su fuerza, vigor y violencia, empeñándose en realmente lastimar y hacer mal, será todo en vano. La persona piadosa triunfará sobre todas ellas conociendo esto: son aflicciones tenues, sólo momentáneas, que tan sólo obrarán para ella un mucho mayor peso de gloria, y que a pesar de que la pena continúe por una noche, el gozo viene en la mañana: recordando la promesa de Dios de que todas las cosas, ciertamente, obrarán para bien, y nada causará daño. Si la persona piadosa pierde todas las cosas que posee en este mundo, su herencia, sus amigos y relaciones, o si su cuerpo fuera sujeto a las más grandes torturas y dolores inimaginables, considerará que es para su bien, y que todo el dolor que esto le pueda causar es tan sólo en su cuerpo. Y nuestro Salvador nos ha mandado a no temer a aquellos que matan el cuerpo, porque más allá de eso no pueden hacer nada más; y cualquier cosa que el mundo nos haga, tenemos esto para reconfortarnos: que Cristo venció al mundo.

    ¡Cuán feliz la condición de tal persona! Que toda persona ahora se pregunte a sí misma si no se consideraría feliz si fuera librada de todo mal, si le fuera asegurado que nada de esto la molestará jamás: si estuviera segura de que un día no sentirá más dolor en su cuerpo, que no deseará nada de las cosas buenas que este mundo tiene por ofrecer, y que nunca tendrá ninguna preocupación o problema; pues bien, si la aflicción no puede realmente dañarnos, ¿no es equivalente a decir que nunca ocurrió realmente? Sí, ¿no es más que equivalente, si es que cuando ocurre la aflicción, ésta no sólo causa dolor sino bien? Esta es la condición de la persona piadosa, y a pesar de que las personas piadosas son apenadas y aquejadas por las aflicciones de este mundo, y también por sus pecados, ya viene la purga de su aflicción, por eso la persona piadosa no tiene ocasión para ser afligida demasiado con estas cosas (Mateo 5:3-4, Mateo 5:10-12).
  • En segundo lugar, la persona piadosa es feliz en cualquier circunstancia en la que se encuentra por los privilegios y ventajas, los deleites y las satisfacciones espirituales que disfruta en esta vida. Cuánta felicidad produce a una persona el saber que todos sus pecados han sido personados y el poder pararse libre de culpa ante la Presencia de Dios: el ser lavada de toda su contaminación; el estar reconciliada con el Eterno y Poderoso Jehová, que reina y gobierna el universo entero, y hace como le place en los ejércitos celestiales y entre los habitantes de la tierra, y estar en perfecta paz con Él. Cuán gran placer y satisfacción debe ser para la persona piadosa el pensar, no sólo en que Dios está reconciliado con ella y no tiene nada en su contra, puesto que todo ha sido perdonado; sino que también al mismo tiempo Él la ama, con un gran y trascendente amor; y que la ha adoptado como su hijo, convirtiéndose en Su Padre, Su porción, y que la cuida como una persona muy querida, que continuamente la guía y le da dirección, y la llevará a la fuente de agua viva. Y cuán gozosos y contentos deben ser los pensamientos acerca de Jesucristo para la persona piadosa, el pensar en cuán Grande Amor con el que la ha amado, incluso hasta dar Su propia vida y sufrir el tormento más amargo por su bien, y que además ahora intercede por ella ante el trono de la gracia; considerar que una tan Gran Persona como el Hijo de Dios que creo el universo, es su Dueño y Señor, y no se avergüenza de llamarnos hermanos, y que viene a morar con el piadoso y está con él, y el ver sus brazos extendidos abrazarlo y ser abrazado. Y, además, qué satisfacción y placer debe dar a la mente de la persona piadosa el pensar que ahora es santificada y hecha santa, adornada bellamente con aquellas buenas gracias que la hacen agradable a los ojos de Dios, y excelente a la vista de los santos y ángeles; y reflexionar acerca de sí misma y considerar que actúa racionalmente y hace lo que el Ser Supremo le manda, y que si en una medida actúa de una manera digna de su naturaleza humana, en otra medida actúa respondiendo a su llamado de glorificar a Dios en este mundo y hacer el bien a su prójimo, y que no ha vivido en vano: como muchos que viven en el mundo con una carga, y les es mejor estar muertos que vivos, por el poco bien que hacen, y por no glorificar a Aquel que los hizo. La reflexión acerca de todas estas cosas ofrece tal paz y dulzura a la mente que está inmensamente por encima de, y sobrepasa todos los deleites externos. Cosa que la persona impía no ha entendido, no ha entrado a su corazón el concebir cuán grandes son el consuelo y los placeres del piadoso, y cuán grandes son las cosas que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman, incluso en esta vida; los placeres del piados son vastamente más refinados, elevados y nobles, que aquellos del impío, además de las muchas otras ventajas que este tiene, pero especialmente aquello que fue destacado en la Doctrina: que ninguna aflicción de este mundo es capaz de privar al piadoso de las cosas buenas que tiene, y no hacen más que darle un sentido más vivo del disfrute espiritual. Faltaría el tiempo para enumerar todas las alegrías de la persona piadosa, incluso en esta vida; por eso pasaré al siguiente punto.
  • En tercer y último lugar, acerca de la esperanza gozosa y la expectativa asegurada del disfrute de la plenitud de la felicidad eterna que ha de venir. El pretender describir la excelencia, la grandeza, o la duración de la felicidad en el cielo, incluso con la composición de palabras más habilidosas, no es más que una sombra. El hablar de ser arrebatados, el hablar de éxtasis, del gozo y el canto, es simplemente proyectar tenues sombras de la realidad, y todo lo que podemos ver a través de nuestra mejor retórica queda muy por debajo de la realidad, y si San Pablo, que vio todas estas cosas, considero que describirlas era un emprendimiento vano, mucho menos podemos pretender nosotros, además, las Escrituras nos han dado la descripción más alta que somos capaces de captar con nuestra imaginación y concepción. Tan sólo podemos decir esto, que la persona piadosa tiene la seguridad y la certeza de esto: que disfrutará un día de tal felicidad como la describe la Escritura. Tiene el mejor testimonio y la más fuerte seguridad de esto; tiene una esperanza bien fundada, de que aquello que ahora ama sobre todas las cosas, lo disfrutará en su plenitud, y por más pequeño que sea el comienzo de placeres espirituales que siente ahora, está seguro de que estos le serán concedidos en la más alta perfección, sin ninguna mezcla de lo contrario. Ahora, dejo esto a consideración de toda persona, cuán grande es la felicidad y el disfrute del piadoso, cuán grande su expectativa. Y con esta consideración, los fundamentos de la esperanza de esta felicidad no pueden ser disminuidos aún por las más grandes aflicciones de este mundo.

Espero haber aclarado suficientemente esto: La persona piadosa es feliz en cualquier condición en que se encuentre.